TPCC 2011

Oct 28

“Bueno, me voy a hibernar un tiempo. Cuando empiece la guerra civil me avisan. O cuando termine, mejor.” — Palvis, en twitter

“De espaldas a la pirámide el busto inflable de Néstor Kirchner observó durante toda la tarde y noche a la gente que arribaba a la plaza. En la base tenía una leyenda que decía: “Estoy en vos”, que fue el fondo preferido para sacarse fotos. A la imagen se sumó después otro inflable de una mano con los dedos en “V” que completó la postal.” — Luis Bruschtein, La plaza de los soldados del pingüino.

Oct 24

Ratas en París*

En la puerta de la embajada argentina en París hay una mesa con empanadas y una señora que unta generosas cantidades de dulce de leche en tapas de maizena para armar alfajores. Supongo que es una invitación diplomática para festejar la fiesta democrática. Pero no. La señora, en un castellano más caribeño que argentino, me dice que son 2 euros el alfajor y 2 la empanada. Sigo de largo y entro en la embajada. Camino por la planta baja. Hay varias placas en las paredes. Miro la de Alfonsín y la de Menem, recuerdos de cuando durmieron ahí. Cristina no, Cristina se hospedó en el George V, hace poco.

El pelado me explica que el sello, violeta, redondo, que estampa en mi DNI, prueba que no estoy hoy en Argentina aunque no me exime de presentarme en la justicia electoral ni bien pise Buenos Aires de nuevo. Es un sello híbrido, un voto no positivo.

Es otoño pero no hace frío. Me gusta pasear después de votar. Siempre hago eso en Buenos Aires cuando salgo de la Facultad de Derecho. Hay algo de fiesta improvisada. La gente sale a votar y luego pasea por las plazas, los monumentos, hasta por el cementerio. Es un alegría grupal pero separatista, una fiesta en voz baja, una paella en la que, como dijo Borges, cada arroz conserva su individualidad.

Rodeo el arco del triunfo. A las pocas cuadras llego adonde quise venir desde que aterricé acá hace tres meses casi: 57Avenue Kléber. Ahí nació mi abuela materna, Maía, donde vivió hasta los ocho años, cuando la familia se fundió. Se tomaron el barco y fueron a parar a un lugar perdido en las sierras de Córdoba. Ahí vivió casi toda su vida y ahí la iba a visitar en las vacaciones. La veía leer a Victor Hugo en francés, pintar un cuadro con pinceladas gruesas y seguras, degollar un cordero y tomar un poco de la sangre porque le parecía rico, correr a escopetazos los zorrinos que le robaban las uvas de sus parras. En sus parras la enterramos.

Una Semana Santa yo preparaba en las sierras un final de Historia. Leía mis libros desparramados en una mesa de madera, debajo de un ciruelo, y mi abuela martillaba una silla. Tenía clavos en la boca, la cabeza del clavo adentro y la puntas para afuera. Hablando de costado, para que no se le cayeran los clavos, me preguntó a quién votaría en las próximas elecciones, eran las del 2003. Le contesté. No sirve, me dijo. Y me explicó su teoría: había que votar al político más astuto, inmoral, inescrupuloso. El mundo político era una selva y sólo el que tuviera el garrote más grande podía defender a su familia. Le eché en cara que Napoleón y Rosas, a quienes ella detestaba, habían sido así. Esos eran dictadores, chiquito, y yo no creo en dictaduras. Pero en las repúblicas, que ya son blandas, a un idiota o un tibio se lo comen los de adentro y los de afuera, son como gallinas entre perros bravos. Su visión era clásica: la de una realista hobbesiana, el realismo con el que degollaba corderos. ¿Y a quién vas a votar vos?, le dije. Yo no voto, me dijo. La única vez que había votado, me contó, fue a Frondizi. Y le escribió una carta cuando se lo llevaron preso a la isla Martín García. Arturo se la contestó y ella guardaba esa carta junto con fotos de su casamiento. De los peronistas creía que eran todos ladrones, odiaba a los curas y a los militares, los montoneros eran violentos que no querían trabajar. Los radicales directamente eran incapaces.

Miro en el DNI la foto de mis 16 que cada vez se aleja más de mí. Y después los sellos, en fila. Debuté exactamente hace doce años y un día. Debuté con una elección a presidente que terminaba con diez años de menemato. Nada de internas, de elecciones municipales, de legislativas en medio de un mandato. Era como debutar en primera contra Boca. Me llenaron la canasta. Doce años y diez de ellos de organizada kermesse peronista. Mis candidatos, colgados de viejos principios inamovibles, algunos se doblaron, otros no se doblaron y se rompieron, otros se doblaron y se rompieron, a la mayoría se los tragó la pampa. Pesos mosca que nunca subieron al ring, y cuando lo hicieron poco y nada pudieron hacer porque en el otro rincón se pavoneaba el peso pesado peronista moviendo los pectorales de arriba y abajo. Veinte años y monedas, de los cuales sólo uno y medio no fue descamisado.

Le saco unas fotos a la casa de mi abuela y me voy al restaurante. Entro a pelar papas, es lo primero que hago, y las cáscaras caen al piso y me tapan las zapatillas. La cocina es inmensa y siempre nerviosa, como hormiguero recién pisado. Estoy en el sector de las guarniciones, luchando entre papas fritas y sartenes gigantes de ratatouille. Detrás se calienta la parrilla y los mexicanos que tiran la carne. A un costado los hornos inmensos donde se confitan patos en su propio magma de grasa. Al fondo ollas como bañaderas donde se inflan fideos y ravioles. Hace calor, y el tiempo pasa rápido. Al final la cocina es un campo de batalla después de la guerra. Hay que ordenar como hay que empezar a limpiar escuelas y aulas. Afuera armo una montaña de bolsones de basura. Me fumo un pucho. Paris está iluminada. Cada monumento, iglesia, palacio tiene su luz que estira el día. Los primeros cinco minutos de cada hora, la torre Eiffel brilla de arriba a abajo, como si tuviera cargada de fuegos artificiales y desde lo más alto gira una luz 360º que barre todo París como si fuera un faro o el ojo de Sauron.

El restaurante se queda vacío como búnker de radicales. Ya no hay metro así que vuelvo en bicicleta. Serán cinco km y ahora que viene el invierno se va a poner peludo. Todo está oscuro. La ciudad fue cerrando los ojos en cadena y la noche ocupa todo ese espacio. Son las tres cuando paso por debajo de la torre. No hay nadie. Hay algo de tenebroso en pasar debajo de ese mecano negro que se estira hacia el cielo nublado.

Empiezan a salir las ratas. Noche adentro, París es una fiesta de ratas. Hay muchísimas, corren entre autos estacionados, se juntan, saltan de los tachos de basura, se trepan a los árboles, se esconden en las macetas y en los arbustos. Las cuento pero cuando llego a cincuenta me aburro, sigo pedaleando pensando en Maía.

(marcos crotto —o no—, via mail)

*(texto auspiciado por gustavo noriega)

Música de fondo

El estado de una sociedad se mide por las melodías que la política deja oír, promueve, sacraliza. Leyendo lo del cumpleaños número 60 de Charly García me acordé de que, allá por 1990, Filosofía Barata y zapatos de goma fue lo primero suyo que escuché y compré en el momento de editado (lo mismo que Exactas de Spinetta, en cassette: esos que traían una especie de acordeón interminable con la tapa y las letras que se iba destruyendo de tanto sacarlo y meterlo a presión en la cajita). Aquel disco traía como tema final el “Himno Nacional”, y me acordé de la sensación ambivalente que tuve cuando, en 2004, empezó a sonar aquella versión eléctrica y noventista en la ESMA, a la vista de un escenario que compartían un presidente, ministros de gobierno, Madres de Plaza de Mayo e integrantes de H.I.J.O.S. y otras organizaciones sociales. Acá se cierra algo, me acuerdo que pensamos entre varios, pero claro que lo más evidente era el hecho de que desde el Estado se retomaban ciertas reivindicaciones de años de movilización y lucha de diversas organizaciones sociales. Ciegos, tontos y cándidos, nos parecía simpático que Alberto Fernández fuera fan confeso de los Super Ratones y que durante el acto del 25 de mayo de aquel mismo 2004 se lo pudiera ver clarito en la terraza de la Rosada, nos era soportable escuchar a Víctor Heredia sobreviviendo y nos entusiasmaba que el cierre de todo aquello fuera el propio Charly y su versión del Himno en vivo. Expectantes con ver a la Falta y Resto, no tomamos en cuenta un dato fundamental: más temprano había cantado, y con singular éxito, Ignacio “Nacho” Copani. Capaz que con algunos años más encima –éramos demasiado ingenuos, my generation– nos hubiéramos dado cuenta de la magnitud del problema (o no, visto el devenir de los años siguientes).   La semana pasada me enteré al mismo tiempo que Evita pasaba a ser un personaje de animé, y que Gieco y Santaolalla eran los responsables de la música de ese film del que no puedo hablar porque no vi, pero del que el alucinante trailer que sí vi y los nombres propios que rodean el film no dejan demasiado margen para la imaginación. Me acuerdo siempre de una versión de “Zamba por vos” de Zitarrosa cantada al caer una tarde muy fría en un acto en la estación de Avellaneda, creo que en 2003, al año de la masacre del Puente Pueyrredón, cuando quedaba ya muy poca gente: cantaba Raly Barrionuevo e invitó a Gieco, quien no cedía ninguna estrofa y obligó al Raly a hacer la segunda durante toda la zamba, pero igual fue muy emotivo y la acústica de cuerdas de metal y la frescura de la voz del Raly marcaban la diferencia. No digo que Gieco sea mala gente, ni que Santaolalla no tenga su valor, pero el ejemplo Nelly Omar no vale en absoluto para todos y, por el contrario, el ejemplo Ada Falcón deberían haberlo llevado adelante muchos otros en lugar de ella. Mi viejo me contó alguna vez que lo veía seguido a Santaolalla yendo a visitar la casa de sus vecinos “los armenios”, melenudo y guitarra en mano en la Ciudad Jardín de la segunda mitad de los sesenta. Si existiera la máquina del tiempo, la usaría no sólo para volver a visitar la casa de mis abuelos, sino para intentar convencer por todos los medios a Santaolalla de que su potencial estaba, qué se yo, en la literatura, la publicidad, el origami, la locución, el aikido; nos perderíamos capaz los toques folk-prog de La era de la boludez y Libertinaje, pero ganaríamos a la par la ausencia de tantas otras cosas (“Mañanas campestres”, la imagen del argentino que triunfa en Hollywood, varios discos de rock latino que ahora se me escapan de la memoria, los discos subsiguientes de la propia Bersuit). No faltará quienes comenten –y cimenten para la posteridad– la idea de que entre De Ushuaia a La Quiaca y Eva de la Argentina hay una misma sólida fibra conductora, de coherencia y compromiso y otras sandeces por el estilo, pero ya lo decía Nebbia, peronista y benjaminiano: la historia la escriben los que ganan. Y en tiempos donde todos quieren ser ganadores, la cosa se pone espesa, claro.   Me acuerdo que me impresionó en elecciones anteriores ver a la plana mayor del PRO bailando al son de Gilda. No en clave garcas escuchando música de sectores populares, sino precisamente porque eso era algo que había sucedido hacía demasiado tiempo (antes de la muerte del “Potro” Rodrigo en el 2000 el trasvasamiento cultural de la cumbia y el cuarteto ya era un fenómeno consumado), y ellos traslucían una inaugural y sincera felicidad al ritmo de “No me arrepiento de este amor” (1994). Que acto seguido adoptaran “Dale alegría a mi corazón” de Páez (1990) sólo acrecentó mi asombro ante lo obvio, ratificado una vez más ayer del otro lado del arco político con “Avanti morocha” (1998), de una banda que, como todas las que vinieron después de Divididos en el rock argentino, llegó a encontrar un moderado reconocimiento cuando ya era vieja. La música de fondo de cualquiera de las animadas fiestas de la política actual no deja mentir. ¿Quién dijo que salimos de los ’90?

La agenda de hoy y mañana

Me trajo a Estados Unidos una audiencia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, esa que fue a la Argentina de 1979 y que recibió las primeras denuncias de violaciones de derechos humanos de la dictadura militar. Esa que fue celebrada por el Estado argentino hace dos años, cuando se cumplieron treinta años de esa visita. En la audiencia voy a denunciar, junto a otras organizaciones, violaciones de derechos humanos en distintos países de América Latina. La audiencia será en unas horas, y el Estado —se supone— tomará nota de lo que allí se diga. 


Desperté en NY, dormiré en DC. Escribo estas líneas desde el Bolt Bus, con conexión a Internet y asientos incomodísimos. Creo que molesto al compañero de al lado, un afroamericano que —por lo que surge de su libreta— está estudiando chino. Desayuné en el Hungarian Pastry Shop, un hermoso local sin wifi de dueño corrientemente húngaro. Desayuné una medialuna y un café con leche, pero acá le dicen distinto. Allí escribí algunas cosas, leí otras. En las paredes están las tapas de los libros que allí se escribieron. Es que está a pocas cuadras de la Universidad de Columbia y los bohemios abundan. God bless their bearded and organic souls. 
No leí nada de las elecciones, leí mucho de los indignados que ocuparon Wall St. Mucho. Algunos dicen que viene la revolución; la marcha del día anterior a la que asistí tenía de todo menos clima revolucionario. Al menos el clima revolucionario que imagino, que sólo puedo imaginarme, porque lo más cercano que viví a un clima revolucionario fue 2001 y ya sabemos cómo terminó eso. Pero había madres del dolor gringas en la marcha. Madres coraje titularía Todo Noticias / All News, si existiese.

   
En fin, acá se habla —en voz baja, entre liberales universitarios con menos poder que mi abuela— de la Revolución. La Argentina nunca quedó más lejos, donde los jovenes —protagonistas de revoluciones, siempre— se vuelcan de lleno al status quo. 
Caminé por el Village, y conocí a Andy, un isrealí que visitó Argentina con la selección de fútbol de ese país en 1963. Jugó contra Independiente, pero olvidó los nombres de sus amigos porque tuvo mucho stress hace unos años. Y un triple by pass. Dice que Eusebio y Puskás eran dos hijos de puta, pero el segundo —al menos— se paraba a firmar autógrafos. El primero ni eso. Me vendió un abrigo barato —regalado, según precios argentinos. Está ahí en la 8 y McDougall, creo, vayan a visitarlo. Tiene buena onda y mal aliento. 

Luego fui a al MoMA y vi una recomendada exposición y retrospectiva sobre De Kooning, que no es Kunkel ni es Kirchner. Bonito ver todo junto, ver las relaciones de unos cuadros con otros, de los bocetos con los cuadros, de los cuadros con las esculturas, del artista con el medioambiente (por ejemplo, De Kooning cambió bastante radicalmente la forma de pintar cuando se mudó de NY a Long Island). Allí me enteré vía WiFi gratis, Twitter y Estaban Schmidt que se veía escenario soviético de cuarenta puntos de diferencia con el segundo. Viva el Soviet, supongo. 
Comí en la calle, en la esquina del MoMA, en un lugar como cualquier otro que siempre tiene fila. Es decir, no es para nada como cualquier otro. Me tomé una ginger ale, la ausencia maldita del subdesarrollo argentino, si se me permite la hipérbole. Corrí al consulado argentino a justificar que no voto, porque estoy a más de 500 kilómetros de la escuela de Rosetti donde alguna vez enseñó mi abuelo socialista y algún botonazo peronista quiso echar por no colgar el cuadro de Eva que Dios la tenga en la gloria y en los cines, en forma de fichas.


El consulado argentino es lindo, los burócratas argentinos que allí trabajan son lindos y lindas, y están bien vestidos. Me dieron un papelito de mierda que tengo que llevar a la Cámara Nacional Electoral. No pienso hacerlo. A mi amiga le sellaron el DNI.
 

"Cómo se vota, ¿en un cuarto oscuro como en la patria?", pregunté. 
"No, acá son más como cabinas telefónicas", rió la menos agraciada y más simpática de las chicas de la mesa. 
"Y las botelas, ¿las mandan por avión?", pregunté. 
"No, las imprimimos", contestó la más linda y amargada. 
"Ah, boleta única", dije. 
"La Argentina está mejor en NY que en la Argentina, parece", chicanié. 
Ellas callaron. 

Caminé con una amiga por el Central Park; cené temprano con otra en el Upper West Side. Compré A History of Photogray Infinite Jest, de David Foster Wallace.  Corrí al micro que me llevaría a DC y —cuando volvió el WiFi y después de contestar algunos mails de trabajo— escribí esto.

 
Mañana denunciaremos, con otras organizaciones, al Estado argentino y otros estados latinoamericanos ante la CIDH por violaciones a los derechos humanos. El Estado —los Estados— tomarán nota.

(ramiro álvarez, via submissions a tpbar)


Tan democratic y tan diplomatic

En las primarias no voté porque había perdido el documento. Perdí la billetera con todo adentro, las tarjetas y el deneí triplicado que tenía, y una estampita del bautismo de mis hijos, porque los bauticé a todos juntos, a último momento, como los pobres, o como alguien de un pueblo sin cura o como un converso tardío que arrastra a la familia. Como no sabía qué hacer con las estampitas que me sobraron me guardé un par en la billetera que eran como la síntesis de tener una de San Cayetano o San Expedito o La Virgen Maravilla y la foto de mis hijos. Era una gran cábala. Bueno la perdí junto con la billetera. Por suerte tengo un seguro contra robo de cartera que me había ofrecido el Banco Galicia, pensé al final de ese día, cuando me resignaba a encarar todos los trámites de bajas y renovaciones. Pero eso también me salió mal. En el banco me traicionaron y no me cubrieron nada de ese segurito porque rechazaron el caso porque me habían robado la billetera y no la cartera. Porque yo retuve la cartera tal como declaré. Les contesté que yo pensé que el nombre del seguro era alegórico para englobar al conjunto de pequeñas pertenencias que uno traslada por la calle, por la ciudad, pero no, era literal. Ahora tengo el celeste chiquito. Saqué un turno en internet, y me citaron en Paseo Colón, después aproveché para ir a la dentista.  Me acuerdo que ese día estaba mal de ánimo, medio ansiosa por un tipo. Por eso debe ser que salí tan mal en la foto. Después me lo mandaron a casa. Eso es algo que el gobierno hizo bien, el negocio del nuevo deneí. 

Ayer llevé a mis hijos mellizos a un cumpleaños, en la avenida Coronel Diaz. Porque van a un colegio estatal de Parque Las Heras, del gobierno de la ciudad, que es muy lindo, y los otros chicos, ya me pasó dos veces, son hijos de los porteros de la zona, por eso los cumpleaños a veces son en los SUM o en las mismas porterías de edificios buenísimos de Alto Palermo. Pero las mámás son distintas a mí, como que les gusta hacer souvenires y a mí no, como que los maridos son porteros. Mientras esperábamos a los mellizos con mi hija mayor, que vive deseando estar a solas conmigo, nos fuimos a hacer cosas que nunca hacemos, pero que me provocaban la posibilidad de prestarle una aventura de consumo, fuimos al shopping, fuimos a Zara y no compramos, porque ya tenemos ropa, fuimos a Freddo y compartimos un cuarto y ella, mi nena, es tan grosa que le gusta el chocolate amargo como a mí, vimos vidrieras y gente, fuimos a Starbucks, abajo, e hicimos la cola, en la cola te dan el vaso vacío y escrito, un pibe amoroso trabajaba de eso, y nos trató muy bien, yo me quería tomar un Mocha Venti, porque tenía sueño porque duermo mal de noche porque extraño mucho, voy a Starbucks algunas mañanas, no era la primera vez, y siento que me infiltro y que es la única manera de estar en éxtasis con el mundo y con la ciudad, camuflada con todo lo que detesto, vengativa, versátil de tanto perder, impermeable a cualquier opinión a cualquier pose, gastando la plata que me equivaldría al almuerzo que compro en la panadería. Ella, mi nena, quiso un agua, y pensé que la gente pensaría que yo era una avara por no haberle comprado un frapuccino. Afuera no había mesas. Así que fuimos a sentarnos a la tapia que hay por Coronel Díaz donde paran las vans y donde todos se sientan, pensé que podía ser divertido para una nena de seis; ahí la subí a ella y casi casi que yo no puedo subir. Casi casi que me desgarro los tríceps, pero salté y subí. Nos sacamos fotos. Ella salió linda: yo con un ojo estrábico. Después bajábamos para la plaza y apareció la iglesia de Loreto, la iglesia esa moderna de la esquina del parque. Le dije de entrar como si todo ese paseo hubiera sido una gran kermese, total no entiende mucho, pensé yo, mal, muy mal. Había viejas sentadas, recogidas, rezando. Yo me puse a llorar porque entrar a una iglesia, es como volver al miedo primigenio, a la dependencia absoluta, a la necesidad de cortarla un poco. No recé porque preferí pensar en el silencio. Algo me hacía bien. La abracé a mi hija para cuidarla de Dios también. Pero pensé en Silvia Perez cuando contaba en la tele sobre Sai Baba y me ridiculicé a mí misma por mi sucutrule espiritual que no era tal, sino no hubiera pensado en Silvia Perez. Entraban viejos con bastones, bien vestidos, y tocaban la imagen del padre Mario, pidiendo alargamientos de vida o milagros articulatorios o una pendeja que se las chupe. Pensé ayer que todos esos hoy votarían contra Cristina probablemente, pensé que las iglesias eran un gran invento. Después por el altar se cruzó la sacristana o como se llame, era un marimacho con un llavero de portero o San Pedro, para seguir el paralelismo, repleto y colgando de las presillas del jean, y  arriba tenía puesto una remera sin mangas. Pensé con quién cogería esa mujer, que bueno que lo hiciera con el cura, así como quien no quiere la cosa, por desesperación y soledad. Pensé que Dios no se iba a enojar porque yo me representara la sexualidad de las personas en su casa, todo lo contrario, a Dios le encanta que cojamos, supe ayer, porque las cosas que a Dios no les gusta te las da a entender con culpa, por eso Dios es uno. Después mi hija me pregunto cuándo nos vamos. Y nos fuimos. Ya en la plaza me pidió ir a los juegos, yo no quería, porque no. Pero me acordé que tenía el libro de Katherine Mainsfeld, su diario, en la cartera, y me estimuló, porque siempre está quejándose de que no le sale escribir y de que no tiene plata y me encanta la identificación masiva con las mujeres cuando la puedo hacer. Pero recaímos en la calesita. Una calesita de dos pisos iluminada con tubos fluorescentes que daban ganas de no haber nacido nunca en la era moderna, demasiada iconografía mal iluminada de todo, de todo. Después faltaba media hora, y yo no sé porque había armado un paseo tan demencial, por qué me había ganado la ciudad a mí, así, hacía frío y le dije de esperar en el Mc Donalds de Las Heras, yo quería más café y un jugo, porque no duermo nada desde que estoy como estoy y ella eligió unas papas fritas y una coca chica. Todo era tan fácil, habrá pensado ella. Así que subimos, había unas nenitas pobres hinchándole las bolas a una pareja y su hija. La hija de ellos, que quería el bien para toda la humanidad, en lugar de comer la hamburguesa se preocupaba por conseguirle asientos a sus invitadas, el padre harto buscó en las otras mesas hasta encontrar a los tutores y/o encargados de las nenitas pobres, que eran sus mamás pobres, jóvenes, que hacen el aguante en Mc Donald´s como yo, pero usan el jean con tiro más bajo que yo. Se paró y les dijo: “Sacalas, no me dejan comer” La mamá pobre sacó del brazo a las nenitas pobres, y pidió mil disculpas, educadamente. Mientras, chateé con mi amiga, y le conté que me equivoqué otra vez.  Ella me alentó. Después era la hora de buscar a los mellizos, nos volvimos en taxi, porque estaba llena de chicos y de globos como para coordinar yo sola un viaje en bondi. No quisieron cenar: mejor. Yo tampoco tenía hambre.

Después me mandaron Old Folks por mail, una canción hermosa que habla del discurso de Lincoln en el Cementerio de Gettysburg, cuando dijo que estaban en una guerra en un enorme campo de batalla, y que venían a consagrar una porción de ese campo de batalla como cementerio. Y que está muy bien hacer eso. Pero que ellos en realidad no pueden santificar ese terreno,  porque no. Ya se hizo antes. Los mismos que murieron lo hicieron. Después dice la canción: One thing we don’t know about old folks, did he fight for the blue or the grey? But he’s so democratic and so diplomatic. We always let him have his way. Bueno, y medio que así estamos.  Al menos yo. Hoy vote con el documentito celeste que le compré al gobierno.

(ángeles salvador, via telepathy)

Oct 23

Q.

Q.

"No rompas los huevos, es la banda de Moreno."
(verónica wiñazki, via twitter)

"No rompas los huevos, es la banda de Moreno."

(verónica wiñazki, via twitter)

José Santamarina, Quimey Lillo.
(helena rovner, via twitter)

José Santamarina, Quimey Lillo.

(helena rovner, via twitter)

En el nombre de ÉL


“Te felicito, negro, vas a ser papá, me enteré en la radio”, dijo Miñón, el fiscal kirchnerista más petiso de la escuela Nº1 Ricardo Gutiérrez, donde voté por última vez en Arrecifes, mi ciudad natal. Espero haya sido la última, aunque contando familiares y amigos, son muy pocos los que saben que reputeo porque no me llega el cambio de domicilio. La cuenta más rápida que saqué cuando vi a este viejo conocido fue que casi todos los que me conocen y me tienen en Facebook saben que mi estado civil es embarazado y casi nadie sabe cuánto fastidia el espíritu democrático falseado en mis contemporáneos, y que lo único entretenido de votar ahí para mí es la candidatura enquijotada de un amigo honesto, sabio y buen perdedor que seguramente estará contando los puchos para ver si mete un concejal.

Esto no se lo dije a Miñón, porque con él tenemos una confianza mínima, la del saludo en el barrio que perduró el egreso de la primaria, el alejamiento por su abandono del secundario y por mis aventuras de universidad, devenido en intercambio de sonrisas y saludo con mano levantada, respetuosos los dos, no más que eso. Pero del combo electoral con su rostro militante, siempre recuerdo que él era chofer de afiliados, una costumbre que persiste en la periferia obrera y que sigue sosteniendo a punteros identificados con el peronismo que gana o está en la discusión según pasen las contiendas, desde los años mozos de Díaz Bancalari como puntal duhaldista en esta parte de la provincia que se llama Segunda Sección Electoral, hasta las horas de ensueño que hicieron de Menem una estampita en el Fonavi arrecifeño. Siempre anduvo cerca de esa actividad Miñón, que sumó muchas millas desde que tuvo edad votante manejando autos del pejota para obtener este ascenso a fiscal. Y recuerdo que poco antes de la política tuvimos un cruce con él, pero nunca nos detuvimos para comentarlo, para revolverlo, porque nunca dio ni va a dar.

El altercado fue una noche de verano y de borrachos, viendo cómo nuestros líderes, el de su barrita y el de la mía, se boquearon al lado del camioncito para bajoneros que estacionaba frente a los boliches a vender panchos y hamburguesas, algo común cuando la mala onda surgía calurosa en quienes nunca se iban con una mina. Todavía sigue siendo así, porque a cada muerto por accidente de moto y de auto le corresponden mismas cantidades de peleas entre hijos de vecinos o conocidos, según las estadísticas del Te enteraste en estos confines del Bonaerense Profundo.

Aquella pelea fue en el noventicuatro, y fuimos espectadores los dos. Nos miramos fiero un par de veces para cumplir pero no pasó de ahí, él fue el primero en aclarar que la cosa era mano a mano, que no entre nadie porque se pudre, ¡eh! ¿Tamo?, y yo lo tomé como un arrugue más que una amenaza, porque ellos eran nueve; nosotros, cuatro. Y él ya era petiso. Y la verdad que yo a los quince me quería agarrar a piñas con Tiburón, Delfín, Mojarrita y con cualquiera que cotizara sometimiento. Miñón arengaba como teniente y el más poronga de los suyos, que se hacía llamar Darrell (sí, Darrell, recordarlo así de serio, en este contexto, me da risa), le dirigía la palabra diferenciada solamente a él, no tanto por cercanía de rango sino porque eran hermanos, los hijos varones del panadero del barrio. 

Cuando Darrell y mi líder de aquel momento dejaron de mandarse la parte, puro pechazo, Miñón y yo fuimos los encargados de prometer la birra, de afirmar que estábamos todos en la misma y de pedir que se dejaran todos de hinchar las bolas. Estar en la misma era adornar los costados oscuros de los boliches con remeras de los Clash y Ramones, Sumo y Redondos, V8 y Hermética, mientras los más divertidos bailaban, le hablaban al oído y le convidaban Pronto Shake a las mujeres que nos gustaban. Dejarse de hinchar las bolas era hacer pasar la bronca. Y pasó la bronca, seguro, porque todos los enemigos truncos que formaban parte de ese grupito siguieron llamando cada domingo a mi programa de la radio clandestina de moda para pedir temas, que siempre coincidían con los que pasaban en la Heavy Rock & Pop durante la semana, y con el objetivo de sorprenderme, a mí, que sostenía la antena de un radiograbador más de dos horas por noche, igual que ellos, pero que no contaba a nadie que grababa las editoriales para hablar épico, como el Ruso Verea, y que también llegaba a cubrir el espacio con mis cidís equivalentes a los gustos de los amigos de Miñón. 

Agradecí su congratulación por la noticia feliz de mi futura paternidad, que en Arrecifes comentaron hasta mis colegas de las radios, entré al cuarto oscuro y, en menos de un minuto, ya estaba con la boleta entera del socialismo dentro del sobre celeste pegado con mi lengua, listo para meter en la urna. El presidente de mesa, un hombre de bigotes que no admitió conocerme y con la mirada baja y aburrida de quien ha sido llevado a ese lugar por la fuerza de la carta inevitable, por falta de maña para esquivar dicho honor, me devolvió el DNI y le pregunté a mi conocido rockero por aquel hermano, que no es más Darrell y que se ha vuelto a llamar Damián. Me dijo que está bien y que en unos días lo tiene que ir a visitar a San Nicolás. Y en ese modo password, casi vaporizados por un abrazo de mediodía soleado, confirmamos que aquel líder sobrevive en la cárcel  más cercana a nuestra ciudad y que su hermano menor le sigue haciendo la segunda. Le mandé un saludo, creíble, sentido, tanto que puedo imaginar a ellos hablando de mí, uno preguntando ¿sabés quién te manda saludos y va a ser papá? Y el otro respondiendo mirá, vos, con una mirada cansada y más preocupado por abrir el cartón de cigarrillos, pero habiendo ubicado mi cara y retomado mi voz, ahora que los dos sabemos que es la buena memoria y no el lugar donde estemos lo que nos paga el respeto. 

Salí de la escuela soplando obligación cumplida, apurado por traer mi mujer a Buenos Aires, porque ella es porteña hace quince años y va a Arrecifes a que sus padres estén chochos de mirarle crecer una panza que me ha vuelto protagonista, y sabiendo que esta misma noche la juventud de Miñón convertirá en pelea ganada de su barrita que mi ciudad natal siga con el mismo intendente K y festejará orgulloso cuando Cristina aparezca en la televisión, tercerizando a Néstor Kirchner en Él, llorándolo, abrazando sus hijos, con todas y con todos.

Sigue sin preocuparme no haber votado un ganador, y sin darme miedo esa normalidad y las ganas que tengo de hacerme el cambio de domicilio, de camuflarme en la democracia despreocupada de los porteños por unas cuantas elecciones más, sin tener que subirme en otro Chevallier que me pasee cagado de frío, en posición fetal, a la fuerza, por toda la ruta ocho, con una mujer embarazada y abrazada a mí, con una campera desplegada desde nuestros hombros que nunca nos tapa a los dos y, menos que menos, va a tapar a tres.

(sebastián bonaudo, via mail)