Bueno, allá vamos. Empiezo yo que acá ya es domingo.
Voy a votar a Morfeo. Como me va a ser imposible festejar después, decidí cocinar esta noche para veinte personas. No quieren saber cómo quedó la casa. Estuvo muy bien; hubo música en vivo interpretada por niños y adultos, una efigie gigantesca de Khadafi, fuegos artificiales. Hasta encontramos la forma de producir un segmento de “Saving Private Babo” que podría justificar el regreso de The South Downs antes de fin de año. Es evidente que mañana no me voy a levantar temprano. Van a tener que arrancar ustedes con —como siempre— lo que tengan ganas. Ante la duda, sugiero documentar los desayunos, que es algo que por algún motivo siempre paga, siempre queda bien.
Antes de irme a dormir, me tienta la idea de mandar un mail masivo convocando a escribir a todos los viejos suscriptores de TP, los mil quinientos addresses que tengo archivados por ahí, en alguna parte. Es la última vez, que vengan todos. Que venga Wainfeld si quiere. Pero veo las copas vacías en la mesa y sé que este es el típico momento en el que uno escribe algo de lo que después se arrepiente. Es decir: no es el momento.
Pruebo mañana.