Para Cris, con amor y sordidez
Felicitaciones
¿Cómo se hace cuando uno se sucede a uno mismo? ¿vas a salir al congreso con la banda ya puesta, te la pone alguien, cómo es? Debes estar esperando con mucha ansiedad ese discurso de asunción. Ahora sí vas a poder decir algunas verdades que tenés atravesadas en la garganta ¿no? A la gente le gusta mucho cuando hablas en esas situaciones institucionales. Cuánta admiración te tienen los pibes cuando hablas en la ONU, eh. El otro día me tuve que fumar en la previa de un asado a un chabón contándome su impresión de lo gran mandataria que eras, como habías elevado el piso institucional con tus intervenciones, lo sutil y genial de tu pensamiento, como se notaba que a vos nadie te escribía los discursos, porque pensás tan bien y ordenado que no hace falta. Fue un bodrio. Se notaba a leguas que el pibe no se había permitido ni un segundo poner en cuestión ni uno de sus juicios de valor, el flaco te tiraba por la cabeza verdades irreductibles, todas con una nota al pie en colorado que decía “qué mal que estás si no opinas lo mismo que yo”. No, en serio, fue terrible de ver. Pero bueno, sintió que así militaba, era su forma de poner el cuerpo, queriéndome convencer y preguntándome ansioso a quién iba a votar, como si ese dato pudiera darle alguna idea concreta de quién soy y qué pienso. No le respondí porque no me gustan las inquisitorias personales, y menos cuando pretenden disfrazarlas de small talk.
La política, en mi mundo, es una foto grande en blanco y negro de Frondizi en esmoquin con la leyenda PRESIDENTE EN CAUTIVERIO, un poster de mi padre que quedó arrumbado en el rincón más húmedo y oscuro del placard de mi mamá, las migas que sobraron de una sobremesa de mi viejo con sus amigos, todos ex militantes de un liberalismo de derecha en el que se discutían medidas económicas concretas con tono académico, aunque ninguno de ellos ni pudo ni quiso terminar la carrera de economía. Una casa llena de libros con títulos como Las condiciones de la victoria o Petróleo y política, en la que las navidades me adoctrinaban para que cuando llegara mi tío, que era del PC, no repitiera algunas barbaridades que había dicho papá por teléfono y en la que recalaban algunos ex compañeros de militancia a los que mamá, sin tener nada que ver con ellos pero como acto de amor hacia mi viejo, les hacia un kilo y medio de milanesas que se comían en el acto. La política, para mí que todavía era un niño, también podía significar mucha hambre.
Y como me crié en una casa en la que se vivió con plena convicción la idea de que hacia 1962 habíamos perdido para siempre la oportunidad de transformar Argentina en Arcadia y que todo lo que viniera de ahí en más no nos iba a conformar, adquirí sin que me la explicaran del todo y muy a mi pesar, la noción generalizada de que la política sirve para muchas cosas, un topic sobre el que mucha gente reflexiona y sobre el que debería explayarme después de cenar en el bar Norte con mis amigos. Pero a vos no te puedo mentir siendo quien sos: a la Política, a esa entidad omnipresente de la que todos debemos hablar para ser entendidos como hombres y mujeres de bien, sólo vuelvo cuando ella me convoca, cuando la institución estado me exige que me haga cargo de mi libertad, como pasó hoy y seguirá pasando más o menos a ritmo bienal, hasta que me excusen por edad o hasta que me vaya para siempre
El estado –-te pido MIL disculpas por la ingenuidad— podría ser un espectro alegre que te siga de atrás, nada creepy, sólo un compañero silencioso que te saque obstáculos del camino sin que vos te des cuenta, porque estás demasiado ocupado pensando en el trayecto largo. Una garantía sutil de que vas a poder decir lo que vos quieras, poder casarte con quién vos elijas, de que vas a poder curar las heridas de tu nene en un hospital bien mantenido, de que de haberlo elegido, el pediatra que lo atienda al niño haya podido acceder a una educación pública buena y gratuita, con horarios flexibles y un panorama del mundo amplio como para no haberse convertido en un boludo a pedal en ese ínterin. La condición de posibilidad de una vivienda digna, de acceso irrestricto a la serie de los productos de primera necesidad y con mucha suerte y viento a favor, la esperanza de que si haces mucho esfuerzo la felicidad te va a encontrar al final del recorrido.
Pero el estado, además, puede ser un bloque macizo y fluorescente pidiéndote a los gritos que lo reconozcas, que le agradezcas todo el tiempo estar ahí, una mancha nítida en el medio del campo de visión a la que deberías que pedirle por favor que no se vaya nunca, que se quede a iluminar toda la noche larga del capitalismo tardío, soberbio y pedante recriminándote a los gritos que no hablas de él los suficiente en las reuniones, que sos un sorete mal cagado porque no tenés una opinión fuerte sobre el preponderante rol que debe ocupar en TU sociedad. El que te dice: “Reconoceme, mirame como estoy interviniendo y protegiéndote, eh. Cuidame, adorame.”
Me formatearon de tal manera que solo puedo entender la política como el señalamiento constante de que garpa más un estado compañero que te ayuda y te deja espacio, que un estado reclamador que te pasa facturas. Sin embargo veo mucha gente fogueando lo segundo y muy poca laburando para lo primero ¿vos estás dispuesta a laburar para eso? ¿querrás, ahora que ganaste dos elecciones caminando, dejar de pedirnos que te reconozcamos todo lo genia que sos y pensar qué cosas pueden no haber salido del todo bien, quienes de todos los que tenés al lado están para hacer una Argentina feliz y quienes están por el bronce?
Pensalo, cuando se vacié la suite del Intercontinental, cuando se te empiece a ir el pedo livianito de las dos o tres copas de champagne que tomaste, cuando te quedes sola en la oscuridad del dormitorio, pensalo. No muy fuerte, sin sufrir, dormite en algún momento, pero pensando.









