Voto casting
Soñé que recibía un ejemplar del libro de TP. Era un conjunto de fichas que se parecían a las cartas que acumula mi hijo, esas que suelen tener imágenes con hologramas y un texto en el que se describen las características y el poderío de distintos tipos de alienígenas. Los chicos tienen unos mecanismos que yo nunca logro entender para confrontar cartas y ver cuál de los alienígenas es el ganador. Siempre parece que hubiera una franja de ambivalencia, de arbitrariedad. Como que las cartas de por sí no son suficientes y el triunfo o la derrota depende de la capacidad interpretativa de cada chico, de cómo juegue sus cartas y cómo las defienda con sus argumentos.
El libro de TP se completaba con una especie de esqueleto metálico en el cual se colocaban las fichas de una manera que todavía no llego a entender muy bien, porque no había de dónde agarrarlas. Un marco de alambre que debía ordenar unas fichas, pero que no tenía forma de contenerlas. La onda era más bien simbólica: “Este es el contenedor del libro. No sirve para cumplir su función” y parecía transmitir alguna especie de mensaje berreta tipo “somos tan interpretativos, tan abiertos y llenos de posibilidades…”. Siempre dentro del sueño, mi visión optimista era que se trataba de un libro desestructurante y desestructurado, un sistema para ordenar y desordenar el mundo y para plantear contiendas más que un texto lineal. Mi visión pesimista era de desesperación y angustia ante mi impotencia para controlar las cosas.
Pero también soñé que se moría mi papá. Y ese problema era mucho más sencillo que el del libro de TP, que seguía siendo el motivo de mis preocupaciones. No veía su muerte con dolor, sino como un dato de la realidad, quizá un poco melancólico. Yo estaba muy ocupado con el asunto del libro y me decía que bueno, llegó un momento único en la vida, de entristecerse de una manera y con una intensidad que nunca volverá a ocurrir, de tomar el toro por las astas e ir ahí donde estuviera lo que quedaba de mi viejo y firmar papeles, ser testigo de sus despojos, organizar el funeral. También debería convocar y aglutinar al resto de la familia y liderar a los deudos, asumir un rol de responsabilidad. Todo eso me daba una fiaca tremenda, que en realidad era la incertidumbre eterna de si este es el momento preciso o será más adelante, o si acaso ya habrá pasado. Como cuando en los casamientos llega el vals de los novios y uno está ahí en la primera fila, sopesando el orden de prioridades relativo a la cercanía familiar o sentimental con la novia y trata de adivinar el momento justo de ir y desplazar a otro invitado y bailar con ella, cuidando de que no haya alguien más cercano a quien le toque antes, y con la amenaza constante de que si uno se deja estar, el vals puede terminar sin que uno haya bailado.
Me despertó el timbre. Era Garbarino, en representación de la Argentina real. Mi antiguo lavarropas se rompió hace poco, y mi decisión de comprar uno nuevo se aceleró a instancias del consejo de Papá: “asegurate ese tema antes de las elecciones y compralo en cuotas, que después se va todo a la mierda.” Papá siempre fue un tipo directo, sin vueltas: “Si lo hacés en 24 cuotas, al final vas a estar pagando chirolas, como cuando yo era joven”. Como para hacer un poco más grotesca la especulación, como jugando al límite, fui y concreté la compra justo ayer. Yo iba dispuesto a ver la fiebre del consumo en vivo, pero no eran más que algunas personas comprando, una febrina ponele. Imaginaba que muchos tendrían la misma idea, pero no era el caso. Tenía ganas de reclamarle a Carla, la vendedora, por la presencia de todos esos argentinos felices que colman las casas de electrodomésticos, sacados por machear el stock de LCDs disponibles en depósito con sus necesidades, dispuestos a sacrificar un poco de ancho de banda con tal de soltar la plata que más quema en la mano, que es la plata a futuro. Carla se veía experimentada y con antigüedad y calma garbarina lo estaba capacitando a Daniel, que mucho más joven tenía que consultar las características de los distintos modelos en la pantalla en vez de recitar las características de cada uno de memoria, y después para concretar la venta necesitaba el doble comando de Carla soplándole “ahora dale page down a esa lista, seleccioná otros productos, regalos, ahí tenés los jabones de la promo para marcar”.
Si comprabas un lavarropas, te regalaban dos paquetes de jabón en polvo y dos enjuagues.
Lo que al final de cuentas yo quería comprobar era la sensación de votar con la cuota fresca en el alma, recién estrenada. Yo no podía tenerla más en carne viva a la cuota porque salí a votar con el lavarropas en el pasillo, descansando todavía sobre su asiento de telgopor. Y lo que tengo para decir no es muy gratificante o satisfactorio, pero sí revelador en cuanto a la experimentación científica. La hipótesis de trabajo consistía en afirmar que tener planes de cuotas te hace apoyar y votar al gobierno, luego en campo efectuar el experimento, es decir contratar un plan de cuotas y finalmente corroborar o desechar la hipótesis. Todo en pos de encontrarle una explicación al 56% de los electores que hoy votarán y reelegirán a este gobierno por otros cuatro años, abriéndole quizá la puerta a la posibilidad de que gobierne en forma indefinida.
Como no me dieron ganas de votar al gobierno, tengo que desechar la hipótesis de la cuota.
Al entrar al cuarto oscuro, sin embargo, encontré un nuevo mensaje sujeto a interpretación: muchas boletas sueltas de Feletti (al punto que no se encontraban las boletas de Cristina, porque las boletas cortadas de Feletti la tapaban). Una nueva hipótesis sería que hay una parte de la ciudadanía que vota a la líder pero no le vota al diputado para no darle el control absoluto del congreso porque teme el riesgo de un gobierno omnímodo, etc, etc. Esta hipótesis forma parte de una familia de hipótesis aburridísimas, de las cuales vamos a leer unas cuantas durante los próximos días.
Otra hipótesis sobre por qué los votantes eligen lo que eligen sería la de asociar el desarrollo del próximo período de gobierno a una temporada muuuy larga de una especie de serie. A cada ciudadano le dan la posibilidad de elegir el casting, tipos (¿tip@s?) capaces de protagonizar escenas que le gustaría ver, que se la va a pasar comentando un día tras otro durante varios años, y entonces querés poner ahí personajes que te den bien en cámara, que te den contenidos y te atraigan y los quieras o los detestes, que te den ideas que reboten en tu cabeza y se te conviertan en twits ingeniosos. En lo inmediato, las elecciones se parecen más a esto que a la cosa rebuscada de elegir gente que tome decisiones y dicte leyes y las haga cumplir en pos del bien común. Por eso, las discusiones sobre series no son nada triviales. Quizá la mala noticia sea que a partir de ahora sólo vamos a discutir este tipo de cosas. Y quizá la buena sea que no está tan mal discutir eso. Qué se puede hacer salvo ver películas pero de ahora, sería.









