La cama de Madame d’Esperance

Hoy es el cumpleaños de Federico Moura y Charly García. Ambos están muertos por diferentes motivos: el HIV y la familia Ortega. Anyway felíz cumpleaños para los dos. Pasemos a lo que nos convoca.

Estoy en la casa de mi familia. Leímos juntos un slogan del FPV “En democracia siempre más es mejor”. ¿Más qué?. Fui a votar a la escuela de arte en donde discutí con un fiscal de la Cámpora que se comportaba como un chacarero en las vísperas de una gran cosecha. Ahora nos vamos a festejar a Plaza de Mayo, dijo. Yo seguía sin encontrarme en el padrón. Todo bien, man pero antes de festejar ubicame en la lista, no me ubicas el apellido y no nos vamos hasta las 3 de la mañana, le dije. En la mesa no había nadie. Un chabón grita: Che, tenés una clienta. Se ríe.  ¿De qué te reís?, le pregunto. De todas maneras aprecié la honestidad del asunto. Votante no, clienta sí. Finalmente me atendieron. Si te pasaron duplicado y no lo es, estamos en el horno porque no votas, me dijo. Paciencia no es algo que me sobre pero no dije nada. Ah, acá estás, bueno, ahí tenés el sobre. Me pregunté si adentro del sobre había plata, qué se yo, 200 pesos. No había. Quise cerrar la puerta para poder votar y no se cerraba. Me pusieron un tacho de basura para que no se viera “tanto”.  Adentro un piano y un fiscal sentado. Tuvimos que correr el tacho de basura para que el señor saliera y yo pudiera votar. Una piba del azo azo azo cristinazo intentó hacerme un chiste con la fuerza de ella y cómo todos íbamos a llorar. Le pregunté lo mismo que le pregunto a todos: ¿Alquilás o sos propietaria? Imaginate la respuesta.

Conozco a una piba que se define a sí misma como una “Banana, blanca por dentro, amarilla por fuera”. Le interesan varias cosas: el showbiz de la MODA, y CRISTINA. Estuvo celebrando el shock económico a la fábrica de fideos Luchetti. En el colectivo leí una nota del poeta de turno, Martín Rodriguez, que afirma que un gobierno son nada más “cuatro a cinco cosas”. Nombra una: la AUH. El resto no se sabe. Afirma: “llegó para quedarse”. Cree que eso es bueno, que la dependencia eterna de un sector de la sociedad de las políticas de estado es una de las cuatro o cinco cosas buenas que van a definir este gobierno. El progresismo, que es una cosa de la que nadie se quiere hacer cargo, teme, con razón, discutir estas cuatro o cinco cosas. Entre ellas la AUH. ¿Por qué? ¿Acaso esas políticas no las discutió el FRENAPO? Cancelemos entonces la posibilidad de pulverizar la pobreza, como dice Franco Rinaldi. Cancelemos, que si no vamos a tener que pensar cuáles son esas otras cuatro o tres cosas buenas que nos deja este gobierno. Y no las vamos a encontrar.

Vamos a tener que dejar de ser miserables. De alguna u otra manera. Dejar la estupidez de imponer dos, tres, cuatro nombres en la cultura y operar en micro relatos, como micro mafias pensando que con eso alcanza y así estamos bien. Fundamentalmente porque a nadie le importa. Hoy empieza otra cosa y debería de una vez terminarse la inocencia. Con esto quiero decir que si quieren seguir poblando talleres de literatura o experimentación poética, háganlo. Si creen que  la novela de su generación está entre sus manos, escríbanla. Si creen que la cultura es lo que hay que detentar, tomen centros culturales y armen lecturas de la resistencia. Si el arte, la sociología, el periodismo, en fin, todo lo que es viejo, es su campo de operaciones, carguen metralletas con el abecedario y disparen. Los que decidan pensar en la política van a tener que ocuparse de otro asunto: la guita. Que es lo que importa. A dónde se va a ir toda la guita.

La Casa Rosada se parece cada vez más a Pachá, me dijo mi amigo Leonardo el otro día, el día que marchamos por Mariano Ferreyra. Es verdad, le dije, la terraza de Pachá es muy linda, agregué.  El asesinato de Mariano Ferreyra no alcanzó para modificar un país, tampoco para conmover a la gloriosa juventud kirchnerista. No alcanzó para cambiar el rumbo de las cosas. En este momento parece que nada, pero nada alcanza. Es verdad,  nada alcanza. Pero cuando no alcance para el alquiler, ahí llega la revolución. Y va a llegar tarde.

Hoy me acordé de un pibe que conocí hace mucho mucho tiempo, tanto ya, cuando entré a mi habitación de la post-adolescencia. Decía que se acostaba en la cama de su tío, del cual no conoce nada, no tiene registro alguno de sus gestos yo de su tono de voz, para ver si sentía algo de ese militante desaparecido. Tocaba sus cosas, imaginaba que pensaba, que sentía. La política como a través de un medium forzado, como puerta de entrada artificial e indirecta para validarse y establecer un canon de preferencia en el orden de la nueva militancia: el pariente desaparecido. Te nivela el status entre las chicas y los chicos de La Cámpora, te alienta a la ficción que incluye una línea que incluya el relato de “los ‘70”. Pero todo eso esconde algo: lo más temible, la total incapacidad de resolver un solo tema, quién sos vos, qué queres ser y cuál es tu lugar en esta historia, que probablemente sea ninguno. La habitación en donde ya no duermo, hace siete años, cambió, no está más como era. No está mi cama, no está mi mesa, no hay ropa vieja, no hay fotos, no hay libros, no hay nada mío. Sobrevive un tanque de revelado roto y un bolso que, creo, era de mi papá. Yo nunca estuve ahí. Lo que paso ahí es algo más lejano que el pasado.  Porque con errores o no lo que importa es esto: saber estar solos, atreverse a inscribir la propia historia –menos luminosa, menos relevante, tal vez intrascendente— desenmarcado de algo que siempre se pudre: la familia. Incluida la política. Sobre todo si no sos capaz de prenderle fuego a tu propia cama. 

(helena pérez, via google docs)

raffobot
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