En el nombre de ÉL


“Te felicito, negro, vas a ser papá, me enteré en la radio”, dijo Miñón, el fiscal kirchnerista más petiso de la escuela Nº1 Ricardo Gutiérrez, donde voté por última vez en Arrecifes, mi ciudad natal. Espero haya sido la última, aunque contando familiares y amigos, son muy pocos los que saben que reputeo porque no me llega el cambio de domicilio. La cuenta más rápida que saqué cuando vi a este viejo conocido fue que casi todos los que me conocen y me tienen en Facebook saben que mi estado civil es embarazado y casi nadie sabe cuánto fastidia el espíritu democrático falseado en mis contemporáneos, y que lo único entretenido de votar ahí para mí es la candidatura enquijotada de un amigo honesto, sabio y buen perdedor que seguramente estará contando los puchos para ver si mete un concejal.

Esto no se lo dije a Miñón, porque con él tenemos una confianza mínima, la del saludo en el barrio que perduró el egreso de la primaria, el alejamiento por su abandono del secundario y por mis aventuras de universidad, devenido en intercambio de sonrisas y saludo con mano levantada, respetuosos los dos, no más que eso. Pero del combo electoral con su rostro militante, siempre recuerdo que él era chofer de afiliados, una costumbre que persiste en la periferia obrera y que sigue sosteniendo a punteros identificados con el peronismo que gana o está en la discusión según pasen las contiendas, desde los años mozos de Díaz Bancalari como puntal duhaldista en esta parte de la provincia que se llama Segunda Sección Electoral, hasta las horas de ensueño que hicieron de Menem una estampita en el Fonavi arrecifeño. Siempre anduvo cerca de esa actividad Miñón, que sumó muchas millas desde que tuvo edad votante manejando autos del pejota para obtener este ascenso a fiscal. Y recuerdo que poco antes de la política tuvimos un cruce con él, pero nunca nos detuvimos para comentarlo, para revolverlo, porque nunca dio ni va a dar.

El altercado fue una noche de verano y de borrachos, viendo cómo nuestros líderes, el de su barrita y el de la mía, se boquearon al lado del camioncito para bajoneros que estacionaba frente a los boliches a vender panchos y hamburguesas, algo común cuando la mala onda surgía calurosa en quienes nunca se iban con una mina. Todavía sigue siendo así, porque a cada muerto por accidente de moto y de auto le corresponden mismas cantidades de peleas entre hijos de vecinos o conocidos, según las estadísticas del Te enteraste en estos confines del Bonaerense Profundo.

Aquella pelea fue en el noventicuatro, y fuimos espectadores los dos. Nos miramos fiero un par de veces para cumplir pero no pasó de ahí, él fue el primero en aclarar que la cosa era mano a mano, que no entre nadie porque se pudre, ¡eh! ¿Tamo?, y yo lo tomé como un arrugue más que una amenaza, porque ellos eran nueve; nosotros, cuatro. Y él ya era petiso. Y la verdad que yo a los quince me quería agarrar a piñas con Tiburón, Delfín, Mojarrita y con cualquiera que cotizara sometimiento. Miñón arengaba como teniente y el más poronga de los suyos, que se hacía llamar Darrell (sí, Darrell, recordarlo así de serio, en este contexto, me da risa), le dirigía la palabra diferenciada solamente a él, no tanto por cercanía de rango sino porque eran hermanos, los hijos varones del panadero del barrio. 

Cuando Darrell y mi líder de aquel momento dejaron de mandarse la parte, puro pechazo, Miñón y yo fuimos los encargados de prometer la birra, de afirmar que estábamos todos en la misma y de pedir que se dejaran todos de hinchar las bolas. Estar en la misma era adornar los costados oscuros de los boliches con remeras de los Clash y Ramones, Sumo y Redondos, V8 y Hermética, mientras los más divertidos bailaban, le hablaban al oído y le convidaban Pronto Shake a las mujeres que nos gustaban. Dejarse de hinchar las bolas era hacer pasar la bronca. Y pasó la bronca, seguro, porque todos los enemigos truncos que formaban parte de ese grupito siguieron llamando cada domingo a mi programa de la radio clandestina de moda para pedir temas, que siempre coincidían con los que pasaban en la Heavy Rock & Pop durante la semana, y con el objetivo de sorprenderme, a mí, que sostenía la antena de un radiograbador más de dos horas por noche, igual que ellos, pero que no contaba a nadie que grababa las editoriales para hablar épico, como el Ruso Verea, y que también llegaba a cubrir el espacio con mis cidís equivalentes a los gustos de los amigos de Miñón. 

Agradecí su congratulación por la noticia feliz de mi futura paternidad, que en Arrecifes comentaron hasta mis colegas de las radios, entré al cuarto oscuro y, en menos de un minuto, ya estaba con la boleta entera del socialismo dentro del sobre celeste pegado con mi lengua, listo para meter en la urna. El presidente de mesa, un hombre de bigotes que no admitió conocerme y con la mirada baja y aburrida de quien ha sido llevado a ese lugar por la fuerza de la carta inevitable, por falta de maña para esquivar dicho honor, me devolvió el DNI y le pregunté a mi conocido rockero por aquel hermano, que no es más Darrell y que se ha vuelto a llamar Damián. Me dijo que está bien y que en unos días lo tiene que ir a visitar a San Nicolás. Y en ese modo password, casi vaporizados por un abrazo de mediodía soleado, confirmamos que aquel líder sobrevive en la cárcel  más cercana a nuestra ciudad y que su hermano menor le sigue haciendo la segunda. Le mandé un saludo, creíble, sentido, tanto que puedo imaginar a ellos hablando de mí, uno preguntando ¿sabés quién te manda saludos y va a ser papá? Y el otro respondiendo mirá, vos, con una mirada cansada y más preocupado por abrir el cartón de cigarrillos, pero habiendo ubicado mi cara y retomado mi voz, ahora que los dos sabemos que es la buena memoria y no el lugar donde estemos lo que nos paga el respeto. 

Salí de la escuela soplando obligación cumplida, apurado por traer mi mujer a Buenos Aires, porque ella es porteña hace quince años y va a Arrecifes a que sus padres estén chochos de mirarle crecer una panza que me ha vuelto protagonista, y sabiendo que esta misma noche la juventud de Miñón convertirá en pelea ganada de su barrita que mi ciudad natal siga con el mismo intendente K y festejará orgulloso cuando Cristina aparezca en la televisión, tercerizando a Néstor Kirchner en Él, llorándolo, abrazando sus hijos, con todas y con todos.

Sigue sin preocuparme no haber votado un ganador, y sin darme miedo esa normalidad y las ganas que tengo de hacerme el cambio de domicilio, de camuflarme en la democracia despreocupada de los porteños por unas cuantas elecciones más, sin tener que subirme en otro Chevallier que me pasee cagado de frío, en posición fetal, a la fuerza, por toda la ruta ocho, con una mujer embarazada y abrazada a mí, con una campera desplegada desde nuestros hombros que nunca nos tapa a los dos y, menos que menos, va a tapar a tres.

(sebastián bonaudo, via mail)

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