Tan democratic y tan diplomatic

En las primarias no voté porque había perdido el documento. Perdí la billetera con todo adentro, las tarjetas y el deneí triplicado que tenía, y una estampita del bautismo de mis hijos, porque los bauticé a todos juntos, a último momento, como los pobres, o como alguien de un pueblo sin cura o como un converso tardío que arrastra a la familia. Como no sabía qué hacer con las estampitas que me sobraron me guardé un par en la billetera que eran como la síntesis de tener una de San Cayetano o San Expedito o La Virgen Maravilla y la foto de mis hijos. Era una gran cábala. Bueno la perdí junto con la billetera. Por suerte tengo un seguro contra robo de cartera que me había ofrecido el Banco Galicia, pensé al final de ese día, cuando me resignaba a encarar todos los trámites de bajas y renovaciones. Pero eso también me salió mal. En el banco me traicionaron y no me cubrieron nada de ese segurito porque rechazaron el caso porque me habían robado la billetera y no la cartera. Porque yo retuve la cartera tal como declaré. Les contesté que yo pensé que el nombre del seguro era alegórico para englobar al conjunto de pequeñas pertenencias que uno traslada por la calle, por la ciudad, pero no, era literal. Ahora tengo el celeste chiquito. Saqué un turno en internet, y me citaron en Paseo Colón, después aproveché para ir a la dentista.  Me acuerdo que ese día estaba mal de ánimo, medio ansiosa por un tipo. Por eso debe ser que salí tan mal en la foto. Después me lo mandaron a casa. Eso es algo que el gobierno hizo bien, el negocio del nuevo deneí. 

Ayer llevé a mis hijos mellizos a un cumpleaños, en la avenida Coronel Diaz. Porque van a un colegio estatal de Parque Las Heras, del gobierno de la ciudad, que es muy lindo, y los otros chicos, ya me pasó dos veces, son hijos de los porteros de la zona, por eso los cumpleaños a veces son en los SUM o en las mismas porterías de edificios buenísimos de Alto Palermo. Pero las mámás son distintas a mí, como que les gusta hacer souvenires y a mí no, como que los maridos son porteros. Mientras esperábamos a los mellizos con mi hija mayor, que vive deseando estar a solas conmigo, nos fuimos a hacer cosas que nunca hacemos, pero que me provocaban la posibilidad de prestarle una aventura de consumo, fuimos al shopping, fuimos a Zara y no compramos, porque ya tenemos ropa, fuimos a Freddo y compartimos un cuarto y ella, mi nena, es tan grosa que le gusta el chocolate amargo como a mí, vimos vidrieras y gente, fuimos a Starbucks, abajo, e hicimos la cola, en la cola te dan el vaso vacío y escrito, un pibe amoroso trabajaba de eso, y nos trató muy bien, yo me quería tomar un Mocha Venti, porque tenía sueño porque duermo mal de noche porque extraño mucho, voy a Starbucks algunas mañanas, no era la primera vez, y siento que me infiltro y que es la única manera de estar en éxtasis con el mundo y con la ciudad, camuflada con todo lo que detesto, vengativa, versátil de tanto perder, impermeable a cualquier opinión a cualquier pose, gastando la plata que me equivaldría al almuerzo que compro en la panadería. Ella, mi nena, quiso un agua, y pensé que la gente pensaría que yo era una avara por no haberle comprado un frapuccino. Afuera no había mesas. Así que fuimos a sentarnos a la tapia que hay por Coronel Díaz donde paran las vans y donde todos se sientan, pensé que podía ser divertido para una nena de seis; ahí la subí a ella y casi casi que yo no puedo subir. Casi casi que me desgarro los tríceps, pero salté y subí. Nos sacamos fotos. Ella salió linda: yo con un ojo estrábico. Después bajábamos para la plaza y apareció la iglesia de Loreto, la iglesia esa moderna de la esquina del parque. Le dije de entrar como si todo ese paseo hubiera sido una gran kermese, total no entiende mucho, pensé yo, mal, muy mal. Había viejas sentadas, recogidas, rezando. Yo me puse a llorar porque entrar a una iglesia, es como volver al miedo primigenio, a la dependencia absoluta, a la necesidad de cortarla un poco. No recé porque preferí pensar en el silencio. Algo me hacía bien. La abracé a mi hija para cuidarla de Dios también. Pero pensé en Silvia Perez cuando contaba en la tele sobre Sai Baba y me ridiculicé a mí misma por mi sucutrule espiritual que no era tal, sino no hubiera pensado en Silvia Perez. Entraban viejos con bastones, bien vestidos, y tocaban la imagen del padre Mario, pidiendo alargamientos de vida o milagros articulatorios o una pendeja que se las chupe. Pensé ayer que todos esos hoy votarían contra Cristina probablemente, pensé que las iglesias eran un gran invento. Después por el altar se cruzó la sacristana o como se llame, era un marimacho con un llavero de portero o San Pedro, para seguir el paralelismo, repleto y colgando de las presillas del jean, y  arriba tenía puesto una remera sin mangas. Pensé con quién cogería esa mujer, que bueno que lo hiciera con el cura, así como quien no quiere la cosa, por desesperación y soledad. Pensé que Dios no se iba a enojar porque yo me representara la sexualidad de las personas en su casa, todo lo contrario, a Dios le encanta que cojamos, supe ayer, porque las cosas que a Dios no les gusta te las da a entender con culpa, por eso Dios es uno. Después mi hija me pregunto cuándo nos vamos. Y nos fuimos. Ya en la plaza me pidió ir a los juegos, yo no quería, porque no. Pero me acordé que tenía el libro de Katherine Mainsfeld, su diario, en la cartera, y me estimuló, porque siempre está quejándose de que no le sale escribir y de que no tiene plata y me encanta la identificación masiva con las mujeres cuando la puedo hacer. Pero recaímos en la calesita. Una calesita de dos pisos iluminada con tubos fluorescentes que daban ganas de no haber nacido nunca en la era moderna, demasiada iconografía mal iluminada de todo, de todo. Después faltaba media hora, y yo no sé porque había armado un paseo tan demencial, por qué me había ganado la ciudad a mí, así, hacía frío y le dije de esperar en el Mc Donalds de Las Heras, yo quería más café y un jugo, porque no duermo nada desde que estoy como estoy y ella eligió unas papas fritas y una coca chica. Todo era tan fácil, habrá pensado ella. Así que subimos, había unas nenitas pobres hinchándole las bolas a una pareja y su hija. La hija de ellos, que quería el bien para toda la humanidad, en lugar de comer la hamburguesa se preocupaba por conseguirle asientos a sus invitadas, el padre harto buscó en las otras mesas hasta encontrar a los tutores y/o encargados de las nenitas pobres, que eran sus mamás pobres, jóvenes, que hacen el aguante en Mc Donald´s como yo, pero usan el jean con tiro más bajo que yo. Se paró y les dijo: “Sacalas, no me dejan comer” La mamá pobre sacó del brazo a las nenitas pobres, y pidió mil disculpas, educadamente. Mientras, chateé con mi amiga, y le conté que me equivoqué otra vez.  Ella me alentó. Después era la hora de buscar a los mellizos, nos volvimos en taxi, porque estaba llena de chicos y de globos como para coordinar yo sola un viaje en bondi. No quisieron cenar: mejor. Yo tampoco tenía hambre.

Después me mandaron Old Folks por mail, una canción hermosa que habla del discurso de Lincoln en el Cementerio de Gettysburg, cuando dijo que estaban en una guerra en un enorme campo de batalla, y que venían a consagrar una porción de ese campo de batalla como cementerio. Y que está muy bien hacer eso. Pero que ellos en realidad no pueden santificar ese terreno,  porque no. Ya se hizo antes. Los mismos que murieron lo hicieron. Después dice la canción: One thing we don’t know about old folks, did he fight for the blue or the grey? But he’s so democratic and so diplomatic. We always let him have his way. Bueno, y medio que así estamos.  Al menos yo. Hoy vote con el documentito celeste que le compré al gobierno.

(ángeles salvador, via telepathy)

Angeles Salvador
Angeles Salvador

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Notes:

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