La agenda de hoy y mañana

Me trajo a Estados Unidos una audiencia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, esa que fue a la Argentina de 1979 y que recibió las primeras denuncias de violaciones de derechos humanos de la dictadura militar. Esa que fue celebrada por el Estado argentino hace dos años, cuando se cumplieron treinta años de esa visita. En la audiencia voy a denunciar, junto a otras organizaciones, violaciones de derechos humanos en distintos países de América Latina. La audiencia será en unas horas, y el Estado —se supone— tomará nota de lo que allí se diga. 


Desperté en NY, dormiré en DC. Escribo estas líneas desde el Bolt Bus, con conexión a Internet y asientos incomodísimos. Creo que molesto al compañero de al lado, un afroamericano que —por lo que surge de su libreta— está estudiando chino. Desayuné en el Hungarian Pastry Shop, un hermoso local sin wifi de dueño corrientemente húngaro. Desayuné una medialuna y un café con leche, pero acá le dicen distinto. Allí escribí algunas cosas, leí otras. En las paredes están las tapas de los libros que allí se escribieron. Es que está a pocas cuadras de la Universidad de Columbia y los bohemios abundan. God bless their bearded and organic souls. 
No leí nada de las elecciones, leí mucho de los indignados que ocuparon Wall St. Mucho. Algunos dicen que viene la revolución; la marcha del día anterior a la que asistí tenía de todo menos clima revolucionario. Al menos el clima revolucionario que imagino, que sólo puedo imaginarme, porque lo más cercano que viví a un clima revolucionario fue 2001 y ya sabemos cómo terminó eso. Pero había madres del dolor gringas en la marcha. Madres coraje titularía Todo Noticias / All News, si existiese.

   
En fin, acá se habla —en voz baja, entre liberales universitarios con menos poder que mi abuela— de la Revolución. La Argentina nunca quedó más lejos, donde los jovenes —protagonistas de revoluciones, siempre— se vuelcan de lleno al status quo. 
Caminé por el Village, y conocí a Andy, un isrealí que visitó Argentina con la selección de fútbol de ese país en 1963. Jugó contra Independiente, pero olvidó los nombres de sus amigos porque tuvo mucho stress hace unos años. Y un triple by pass. Dice que Eusebio y Puskás eran dos hijos de puta, pero el segundo —al menos— se paraba a firmar autógrafos. El primero ni eso. Me vendió un abrigo barato —regalado, según precios argentinos. Está ahí en la 8 y McDougall, creo, vayan a visitarlo. Tiene buena onda y mal aliento. 

Luego fui a al MoMA y vi una recomendada exposición y retrospectiva sobre De Kooning, que no es Kunkel ni es Kirchner. Bonito ver todo junto, ver las relaciones de unos cuadros con otros, de los bocetos con los cuadros, de los cuadros con las esculturas, del artista con el medioambiente (por ejemplo, De Kooning cambió bastante radicalmente la forma de pintar cuando se mudó de NY a Long Island). Allí me enteré vía WiFi gratis, Twitter y Estaban Schmidt que se veía escenario soviético de cuarenta puntos de diferencia con el segundo. Viva el Soviet, supongo. 
Comí en la calle, en la esquina del MoMA, en un lugar como cualquier otro que siempre tiene fila. Es decir, no es para nada como cualquier otro. Me tomé una ginger ale, la ausencia maldita del subdesarrollo argentino, si se me permite la hipérbole. Corrí al consulado argentino a justificar que no voto, porque estoy a más de 500 kilómetros de la escuela de Rosetti donde alguna vez enseñó mi abuelo socialista y algún botonazo peronista quiso echar por no colgar el cuadro de Eva que Dios la tenga en la gloria y en los cines, en forma de fichas.


El consulado argentino es lindo, los burócratas argentinos que allí trabajan son lindos y lindas, y están bien vestidos. Me dieron un papelito de mierda que tengo que llevar a la Cámara Nacional Electoral. No pienso hacerlo. A mi amiga le sellaron el DNI.
 

"Cómo se vota, ¿en un cuarto oscuro como en la patria?", pregunté. 
"No, acá son más como cabinas telefónicas", rió la menos agraciada y más simpática de las chicas de la mesa. 
"Y las botelas, ¿las mandan por avión?", pregunté. 
"No, las imprimimos", contestó la más linda y amargada. 
"Ah, boleta única", dije. 
"La Argentina está mejor en NY que en la Argentina, parece", chicanié. 
Ellas callaron. 

Caminé con una amiga por el Central Park; cené temprano con otra en el Upper West Side. Compré A History of Photogray Infinite Jest, de David Foster Wallace.  Corrí al micro que me llevaría a DC y —cuando volvió el WiFi y después de contestar algunos mails de trabajo— escribí esto.

 
Mañana denunciaremos, con otras organizaciones, al Estado argentino y otros estados latinoamericanos ante la CIDH por violaciones a los derechos humanos. El Estado —los Estados— tomarán nota.

(ramiro álvarez, via submissions a tpbar)


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