Música de fondo

El estado de una sociedad se mide por las melodías que la política deja oír, promueve, sacraliza. Leyendo lo del cumpleaños número 60 de Charly García me acordé de que, allá por 1990, Filosofía Barata y zapatos de goma fue lo primero suyo que escuché y compré en el momento de editado (lo mismo que Exactas de Spinetta, en cassette: esos que traían una especie de acordeón interminable con la tapa y las letras que se iba destruyendo de tanto sacarlo y meterlo a presión en la cajita). Aquel disco traía como tema final el “Himno Nacional”, y me acordé de la sensación ambivalente que tuve cuando, en 2004, empezó a sonar aquella versión eléctrica y noventista en la ESMA, a la vista de un escenario que compartían un presidente, ministros de gobierno, Madres de Plaza de Mayo e integrantes de H.I.J.O.S. y otras organizaciones sociales. Acá se cierra algo, me acuerdo que pensamos entre varios, pero claro que lo más evidente era el hecho de que desde el Estado se retomaban ciertas reivindicaciones de años de movilización y lucha de diversas organizaciones sociales. Ciegos, tontos y cándidos, nos parecía simpático que Alberto Fernández fuera fan confeso de los Super Ratones y que durante el acto del 25 de mayo de aquel mismo 2004 se lo pudiera ver clarito en la terraza de la Rosada, nos era soportable escuchar a Víctor Heredia sobreviviendo y nos entusiasmaba que el cierre de todo aquello fuera el propio Charly y su versión del Himno en vivo. Expectantes con ver a la Falta y Resto, no tomamos en cuenta un dato fundamental: más temprano había cantado, y con singular éxito, Ignacio “Nacho” Copani. Capaz que con algunos años más encima –éramos demasiado ingenuos, my generation– nos hubiéramos dado cuenta de la magnitud del problema (o no, visto el devenir de los años siguientes).   La semana pasada me enteré al mismo tiempo que Evita pasaba a ser un personaje de animé, y que Gieco y Santaolalla eran los responsables de la música de ese film del que no puedo hablar porque no vi, pero del que el alucinante trailer que sí vi y los nombres propios que rodean el film no dejan demasiado margen para la imaginación. Me acuerdo siempre de una versión de “Zamba por vos” de Zitarrosa cantada al caer una tarde muy fría en un acto en la estación de Avellaneda, creo que en 2003, al año de la masacre del Puente Pueyrredón, cuando quedaba ya muy poca gente: cantaba Raly Barrionuevo e invitó a Gieco, quien no cedía ninguna estrofa y obligó al Raly a hacer la segunda durante toda la zamba, pero igual fue muy emotivo y la acústica de cuerdas de metal y la frescura de la voz del Raly marcaban la diferencia. No digo que Gieco sea mala gente, ni que Santaolalla no tenga su valor, pero el ejemplo Nelly Omar no vale en absoluto para todos y, por el contrario, el ejemplo Ada Falcón deberían haberlo llevado adelante muchos otros en lugar de ella. Mi viejo me contó alguna vez que lo veía seguido a Santaolalla yendo a visitar la casa de sus vecinos “los armenios”, melenudo y guitarra en mano en la Ciudad Jardín de la segunda mitad de los sesenta. Si existiera la máquina del tiempo, la usaría no sólo para volver a visitar la casa de mis abuelos, sino para intentar convencer por todos los medios a Santaolalla de que su potencial estaba, qué se yo, en la literatura, la publicidad, el origami, la locución, el aikido; nos perderíamos capaz los toques folk-prog de La era de la boludez y Libertinaje, pero ganaríamos a la par la ausencia de tantas otras cosas (“Mañanas campestres”, la imagen del argentino que triunfa en Hollywood, varios discos de rock latino que ahora se me escapan de la memoria, los discos subsiguientes de la propia Bersuit). No faltará quienes comenten –y cimenten para la posteridad– la idea de que entre De Ushuaia a La Quiaca y Eva de la Argentina hay una misma sólida fibra conductora, de coherencia y compromiso y otras sandeces por el estilo, pero ya lo decía Nebbia, peronista y benjaminiano: la historia la escriben los que ganan. Y en tiempos donde todos quieren ser ganadores, la cosa se pone espesa, claro.   Me acuerdo que me impresionó en elecciones anteriores ver a la plana mayor del PRO bailando al son de Gilda. No en clave garcas escuchando música de sectores populares, sino precisamente porque eso era algo que había sucedido hacía demasiado tiempo (antes de la muerte del “Potro” Rodrigo en el 2000 el trasvasamiento cultural de la cumbia y el cuarteto ya era un fenómeno consumado), y ellos traslucían una inaugural y sincera felicidad al ritmo de “No me arrepiento de este amor” (1994). Que acto seguido adoptaran “Dale alegría a mi corazón” de Páez (1990) sólo acrecentó mi asombro ante lo obvio, ratificado una vez más ayer del otro lado del arco político con “Avanti morocha” (1998), de una banda que, como todas las que vinieron después de Divididos en el rock argentino, llegó a encontrar un moderado reconocimiento cuando ya era vieja. La música de fondo de cualquiera de las animadas fiestas de la política actual no deja mentir. ¿Quién dijo que salimos de los ’90?

sombraterrible
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