Ratas en París*

En la puerta de la embajada argentina en París hay una mesa con empanadas y una señora que unta generosas cantidades de dulce de leche en tapas de maizena para armar alfajores. Supongo que es una invitación diplomática para festejar la fiesta democrática. Pero no. La señora, en un castellano más caribeño que argentino, me dice que son 2 euros el alfajor y 2 la empanada. Sigo de largo y entro en la embajada. Camino por la planta baja. Hay varias placas en las paredes. Miro la de Alfonsín y la de Menem, recuerdos de cuando durmieron ahí. Cristina no, Cristina se hospedó en el George V, hace poco.

El pelado me explica que el sello, violeta, redondo, que estampa en mi DNI, prueba que no estoy hoy en Argentina aunque no me exime de presentarme en la justicia electoral ni bien pise Buenos Aires de nuevo. Es un sello híbrido, un voto no positivo.

Es otoño pero no hace frío. Me gusta pasear después de votar. Siempre hago eso en Buenos Aires cuando salgo de la Facultad de Derecho. Hay algo de fiesta improvisada. La gente sale a votar y luego pasea por las plazas, los monumentos, hasta por el cementerio. Es un alegría grupal pero separatista, una fiesta en voz baja, una paella en la que, como dijo Borges, cada arroz conserva su individualidad.

Rodeo el arco del triunfo. A las pocas cuadras llego adonde quise venir desde que aterricé acá hace tres meses casi: 57Avenue Kléber. Ahí nació mi abuela materna, Maía, donde vivió hasta los ocho años, cuando la familia se fundió. Se tomaron el barco y fueron a parar a un lugar perdido en las sierras de Córdoba. Ahí vivió casi toda su vida y ahí la iba a visitar en las vacaciones. La veía leer a Victor Hugo en francés, pintar un cuadro con pinceladas gruesas y seguras, degollar un cordero y tomar un poco de la sangre porque le parecía rico, correr a escopetazos los zorrinos que le robaban las uvas de sus parras. En sus parras la enterramos.

Una Semana Santa yo preparaba en las sierras un final de Historia. Leía mis libros desparramados en una mesa de madera, debajo de un ciruelo, y mi abuela martillaba una silla. Tenía clavos en la boca, la cabeza del clavo adentro y la puntas para afuera. Hablando de costado, para que no se le cayeran los clavos, me preguntó a quién votaría en las próximas elecciones, eran las del 2003. Le contesté. No sirve, me dijo. Y me explicó su teoría: había que votar al político más astuto, inmoral, inescrupuloso. El mundo político era una selva y sólo el que tuviera el garrote más grande podía defender a su familia. Le eché en cara que Napoleón y Rosas, a quienes ella detestaba, habían sido así. Esos eran dictadores, chiquito, y yo no creo en dictaduras. Pero en las repúblicas, que ya son blandas, a un idiota o un tibio se lo comen los de adentro y los de afuera, son como gallinas entre perros bravos. Su visión era clásica: la de una realista hobbesiana, el realismo con el que degollaba corderos. ¿Y a quién vas a votar vos?, le dije. Yo no voto, me dijo. La única vez que había votado, me contó, fue a Frondizi. Y le escribió una carta cuando se lo llevaron preso a la isla Martín García. Arturo se la contestó y ella guardaba esa carta junto con fotos de su casamiento. De los peronistas creía que eran todos ladrones, odiaba a los curas y a los militares, los montoneros eran violentos que no querían trabajar. Los radicales directamente eran incapaces.

Miro en el DNI la foto de mis 16 que cada vez se aleja más de mí. Y después los sellos, en fila. Debuté exactamente hace doce años y un día. Debuté con una elección a presidente que terminaba con diez años de menemato. Nada de internas, de elecciones municipales, de legislativas en medio de un mandato. Era como debutar en primera contra Boca. Me llenaron la canasta. Doce años y diez de ellos de organizada kermesse peronista. Mis candidatos, colgados de viejos principios inamovibles, algunos se doblaron, otros no se doblaron y se rompieron, otros se doblaron y se rompieron, a la mayoría se los tragó la pampa. Pesos mosca que nunca subieron al ring, y cuando lo hicieron poco y nada pudieron hacer porque en el otro rincón se pavoneaba el peso pesado peronista moviendo los pectorales de arriba y abajo. Veinte años y monedas, de los cuales sólo uno y medio no fue descamisado.

Le saco unas fotos a la casa de mi abuela y me voy al restaurante. Entro a pelar papas, es lo primero que hago, y las cáscaras caen al piso y me tapan las zapatillas. La cocina es inmensa y siempre nerviosa, como hormiguero recién pisado. Estoy en el sector de las guarniciones, luchando entre papas fritas y sartenes gigantes de ratatouille. Detrás se calienta la parrilla y los mexicanos que tiran la carne. A un costado los hornos inmensos donde se confitan patos en su propio magma de grasa. Al fondo ollas como bañaderas donde se inflan fideos y ravioles. Hace calor, y el tiempo pasa rápido. Al final la cocina es un campo de batalla después de la guerra. Hay que ordenar como hay que empezar a limpiar escuelas y aulas. Afuera armo una montaña de bolsones de basura. Me fumo un pucho. Paris está iluminada. Cada monumento, iglesia, palacio tiene su luz que estira el día. Los primeros cinco minutos de cada hora, la torre Eiffel brilla de arriba a abajo, como si tuviera cargada de fuegos artificiales y desde lo más alto gira una luz 360º que barre todo París como si fuera un faro o el ojo de Sauron.

El restaurante se queda vacío como búnker de radicales. Ya no hay metro así que vuelvo en bicicleta. Serán cinco km y ahora que viene el invierno se va a poner peludo. Todo está oscuro. La ciudad fue cerrando los ojos en cadena y la noche ocupa todo ese espacio. Son las tres cuando paso por debajo de la torre. No hay nadie. Hay algo de tenebroso en pasar debajo de ese mecano negro que se estira hacia el cielo nublado.

Empiezan a salir las ratas. Noche adentro, París es una fiesta de ratas. Hay muchísimas, corren entre autos estacionados, se juntan, saltan de los tachos de basura, se trepan a los árboles, se esconden en las macetas y en los arbustos. Las cuento pero cuando llego a cincuenta me aburro, sigo pedaleando pensando en Maía.

(marcos crotto —o no—, via mail)

*(texto auspiciado por gustavo noriega)

Marcos Crotto
Marcos Crotto

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