En el Leviatán Thomas Hobbes sostiene que el miedo es la emoción humana básica, un factor decisivo para calmar, mover o agitar a un hombre. Pero a su vez, y sin que esto contradiga al filósofo inglés, sé que los animales comparten esa misma pasión y de forma tan o más básica que nosotros, basta con escuchar historias de mataderos y el nerviosismo de las vacas, leer un poco a Temple Grandin o a Peter Singer, o sencillamente tener una empatía instintiva con alguien que no se nos parezca tanto. Por eso – y por muchas otras cosas – no consumo animales hace más de diez años.

Por estos días me vengo preguntando cual es el mecanismo por el cual los pobres aguantan y aguantan su pobreza y sus aliadas, y me percato de que es la amenaza del mazazo en la cabeza que da muerte a las vacas lo que los para. Una imagen que tal vez ellos nunca se formaron porque no conocen como funcionan esos establecimientos y menos aún las metáforas es la que los detiene o a lo sumo los aloja en algún pacódromo – como el que existe a la vuelta de mi casa – para pegarse el mazazo ellos mismos. A los pobres de este país se los condena a permanecer en una suerte de fila esperando el golpe seco de la maza que nunca llega, pero que está ahí a mano alzada para el atrevido que decida portarse mal. Terminemos con la mentira de que viven felices con su cumbia en su rancho tomando vino del peor. Y terminemos de decir que no tienen miedo, de que están jugados y de que no les importa nada, porque si esto fuese así no hubiese habido bunkers electorales, canapés y champán para festejar lo que cada cual haya ganado.

El miedo ordena, y hacia abajo lo hace con la mayor de las crueldades. Hace dos semanas perdí mi trabajo, como estaba en negro recibí amenazas sutiles de mi ex jefe, y a instancias del sindicato y de los consejos de un amigo abogado, transamos por el 70 por ciento de indemnización. Me dijeron que eso era lo mejor que podía pasarme, por haber estado en negro, arreglar por el 70. Pero al menos no tengo el terror de la maza sobre mi cabeza, tan solo una guita encanutada que me oxigena y cierta inquietud de cara al futuro.

Hoy pensaba en nuestra pasión por lo necro, en como nos encanta recordar a los muertos, nombrarlos, ungirlos en altares, dedicarles los mas bonitos cantos. Y cómo recordar a los muertos en exceso es una pasión conservadora, pues funciona para mantener “lo vivo” tal como está, sin modificaciones. Se apela a los muertos para que nos conformemos con nuestro presente, se juega con el miedo atávico del polvo al que vamos para poder jugar al límite con el hoy apelando al ayer. Nos están haciendo la psicológica sin haberlo pedido. Están jugando al límite. Quiero gustar del andar de la democracia porque hace funcionar las cosas, no porque otro día fue peor ni me alcanza que el estado funcione más o menos porque una vez algo se privatizó. Ni me sirve que un paquete de yerba salga diez mangos y que la justificación sea que en el 2001 no se podía comprar.

Que no nos pase como al chancho, que, según dicen, después de reducirlo a piezas, lo único que queda de él es el grito.

 

 

gemeloscocteau
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