Elecciones tucumanas, fútbol alemán
Si alguien vivió en Tucumán, por lo menos desde 1983 en adelante, no se puede sorprender del resultado electoral. A menos que tenga sintonizadas sus expectativas con otro tipo de deseos. Con las socialdemocracias europeas, por ejemplo, que están blindadas contra cualquier crisis y jamás tendrán que ponerse en cuestión. Pero si abrís la ventana a la mañana y te noquea el tufo de los vertederos citrícolas del Salí, es más difícil entender que no entiendas.
Probemos remontarnos al gobierno de Riera, que arrancó junto a la presidencia de Alfonsín, cuando se inventaron los famosos Bonos de Cancelación de Deudas que terminaron suplantando casi por completo a la moneda nacional. En el pico de la crisis del 2002 se canjeaban como mínimo al 30% con respecto al peso y le costaron al chino Luna cerrar La Semana de Tucumán, porque era imposible hacer frente al ahogo financiero.
Avancemos una casilla y nos situemos en el gobierno de Domato, que no tenía el peso litúrgico de Riera en la historia peronista y por ende la interna se le escapó de las manos y se puso al rojo vivo en las instituciones – Legislatura versus Caja Popular de Ahorros versus Casa de Gobierno versus comunas – lo que elevó la crisis económica al nivel 2.0 y terminó derivando en la intervención federal.
Detengámonos ahí, en ese kodachrome del desembarco del delegado virreynal. Enmarquemos al Chiche Aráoz entrando en Tucumán a caballo, en un mashup del Zorro y Pancho Villa, aportando su propio caudal de manos para darle a la agonizante lata provincial. Unos yuppies que miraban por encima del hombro a los prohombres de la localía amparados en la línea directa a la billetera del Carlo, que les permitió durante un tiempo pagar los sueldos al día.
El Chiche le dejó el pasto hachado a Palito Ortega, flamante challenger peronista frente a Bussi, la nueva estrella de la política provincial que, increíblemente, proyectaba su pasado en el futuro y amenazaba con recorrer, esta vez a golpe de urna, su recorrido nostálgico hacia la gobernación.
Palito tuvo sus días tranquilos, pero cuando el efecto tequila le pegó un cachetazo al pago al día de los sueldos públicos y las primeras cubiertas empezaron a arder en la esquina, pegó el salto a la vicepresidencia de Duhalde que no fue. Quedamos inermes frente a Bussi, que llegó con imperiosas intenciones de atornillarse a los fueros de mandamás.
Yo sé que esto te aburre, pero aguantame un poco. Bussi vino, no hizo y también se la llevó. Ya no al sótano del Departamento de Educación Física ni a la Escuelita de Famaillá, sino a la plácida y nevada Suiza, a los bancos entrenados en tender un manto de piedad sobre el origen de los fondos más horribles.
Así las cosas y con el barco en rumbo, Bussi dejó a su hijo menor a cargo de la elección siguiente. Ricardito iba ganando, se fue a dormir electo y se levantó al día siguiente con Miranda gobernador. Con Miranda los muchachos también se encariñaron a la lata, pero esa parte ya la conocés, porque te la mostró Lanata con Barbarita llorando en cámara y los debates televisivos de los índices tucumanos de desnutrición. En ese punto empezó la andadura de Alperovich gobernador.
En sus dos gobernaciones Alperovich estabilizó las cuentas públicas - lo que había arrancado como ministro de economía - aquietó hasta eliminar la interna peruca, hizo obra pública hasta donde se te ocurra imaginarte, paga los sueldos al día y si te quedás quieto te pasa por encima con la máqina de pavimentar. Al bussismo lo drenó de dirigentes y el Néstor se encargó del resto paseándolo a Bussi padre por los estrados de la provincia.
¿La oposición? No hay oposición en Tucumán; no la hubo nunca desde que yo recuerde. Se tirotean en los titulares de los diarios, pero gane quien gane el poder en serio, el resto hace fila detrás. Por eso Cano está contento con el 14%. Lo despega del pelotón de nadies que vienen detrás con un tope del 3% y le da otro margen para negociar. La última oportunidad del radicalismo de alzarse con el gobierno fue en la elección que ganó Chebaia, pero que se decidía en el Colegio Electoral. El peronismo fue dividido, sí, pero en el Colegio le dieron a los radicales el abrazo del oso y ni los votos que éstos habían pactado con el naciente bussismo les iban a alcanzar.
San Miguel de Tucumán, la capital de la provincia, funciona un poco a escala como Capital Federal. Es antiperonista desde siempre: o ganaba un radical, o ganaba el bussismo. Bueno, ayer Alperovich hizo allí su peor elección, sacando SÓLO el 60% de los votos.
Juventud en el PC, legislador radical, ministro de economía, senador y por último gobernador peronista, la última historia provincial se podría leer como Elige tu Propio Alperovich. ¿Cómo se lo explicás a un lector de afuera? Si un poco de historia no alcanza, yo arriesgaría que cuando el trasfondo es la crisis permanente lo primero que se valora es la estabilidad. Vos me dirás que eso es una disminución de expectativas y yo entonces te preguntaría con respecto a qué, y así nos podemos pasar toda la tarde. También podemos hablar de la viabilidad de las provincias del norte y cómo se benefician del pacto federal, del esquema de coparticipación y las relaciones con el gobierno nacional, pero sería demasiada audacia en el guitarreo y al final también nos vamos a aburrir.
Sólo nos queda reformular el chiste del fútbol y los alemanes y decir que las elecciones tucumanas son un proceso en el que juegan todos y siempre gana Alperovich. ¿No te aclara las cosas? es lo que tenemos. Podés creer o no en el humor judío. Pero que lo hay, lo hay.
Bernardo Erlich, elecciones a gobernador, agosto de 2011.









